Han pasado ya muchos años desde que, por primera vez, tuviera frente a mí el entorno de escritorio KDE luciéndose a través de un flamante liveCD de Slax 4. Era un día común y corriente y, en mi mente, tenía un solo objetivo: averiguar que era ese sistema operativo que muchos llamaban "Linux". Luego de conseguir un CD vivo de Slax y reiniciar mi (por aquel entonces) "modesto ordenador" todo comenzó.
Cuando la paciencia es la única alternativa
Con el tiempo, luego de aquel "primer encuentro", fui probando una gran cantidad de distribuciones Linux, de distintas arquitecturas, con distintos entornos de escritorio, con diferentes filosofías, fines, objetivos... pero no lograba hacer clic con ninguna de ellas y siempre que me instalaba una, terminaba por regresar a Windows® de una u otra manera. Me era común la instalación y desinstalación y siempre sostenía los mismos argumentos de por qué Linux no era para mi. A pesar de eso, mi interés en el sistema operativo del pingüino se mantenía encendido y, luego de un tiempo de "decepción", volvía a probar algún sabor Linux buscando que se convirtiera en la distribución definitiva, al menos, para mí.
Una de las distribuciones que pasó por mi listado de "distros descartadas" fue mandriva. La había probado ya varias veces y siempre, sin falta, terminaba por desinstalarla más rápido de lo que la había instalado. Era una distribución prohibida, no porque fuera mala, sino simplemente porque no me agradaba y no me hacía a la idea de utilizarla como sistema operativo primario.
Por cuestiones del destino (pero sobre todo del trabajo) me vi obligado a instalarme alguna de las "versiones" del sistema operativo del pingüino. Casualmente, uno de mis compañeros de trabajo era experto en el uso de Mandriva y, mayor casualidad aún, el trabajo que debíamos hacer se realizaba mucho más fácil y cómodamente utilizando la distro de la estrella. Siendo sincero, traté de evitarlo a toda costa. Para ello instalé openSuse y Fedora, buscando que fuera una de ellas la elegida, pero ninguna rindió como debía, siendo la configuración de todas las herramientas muy problemática.
No tuve más alternativa. Llegó el día y tuve que instalar resignado Mandriva.
A veces elegir se vuelve la única opción
Una parte del "problema" que afronté cuando me vi necesitado a instalar GNU Linux por razones del trabajo, fue que no podía tener Windows 7® (al menos no la versión que venía de fábrica con mi computadora) y el software OEM por el que ya había pagado, junto con Mandriva. Lo anterior gracias a los amigos de Hewlett Packard y su patético esquema de particionado de disco en las laptops HP (cosa complicada en la que no voy a entrar en detalles). Por esa razón, tuve que conformarme con utilizar solo Mandriva tanto para el trabajo, como para los estudios, hobbies, juegos y cualquier otra cosa para la que se pueda utilizar una computadora. Siendo sincero, en ese momento no tenía el menor ánimo de conseguir algún otro DVD de Windows® (para reemplazar mi sistema de fábrica), bajar drivers, programas, etc.
Inconforme, me decidí a afrontarlo de la mejor manera y a pasar por la experiencia con el mayor agrado posible.
La prueba de fuego
Los meses transcurrieron de esa manera. Yo con mi computadora y mandriva, extrañaba poder instalarme juegos, utilizar el "Microsoft Office 2007®" o tener ese tipo de cosas que solo en Windows® se pueden tener. Sin embargo, el trabajo estaba casi terminado y decidí que, aunque no fuera la versión que venía de fábrica con mi computadora, me iba a instalar Windows 7® otra vez.
Desde el momento en que lo pensé atravesaron por mi mente muchas ideas, pensamientos y sentimientos. Sabía que, anteriormente, ya había renunciado a utilizar Linux y tenía el temor de que, si instalaba nuevamente el sistema operativo de Microsoft, me volvería a sentir cómodo en él y dejaría otra vez al pingüino de lado.
Me preguntaba si realmente sentía por Mandriva ese aprecio y respeto y, sobre todo, si mi cariño por esta distro y Linux en general sería tan grande como para enfrentar el cambio. No sabía cuál sería el resultado del experimento, sin embargo, un día conseguí un DVD de Windows 7® Profesional (para el cual debo agregar, cuento con una licencia original), hice los backups correspondientes, particioné mi disco duro y le di la bienvenida a Microsoft nuevamente.
Una vez cruzas la luz, no hay vuelta atrás
La primera vez que inicié mi flamante Windows 7® recién instalado, me di cuenta que, a diferencia de la versión de fábrica que venía originalmente en mi computadora, este no tenía drivers, aplicaciones o algún tipo de programa preinstalado. El primer paso entonces, fue instalar el antivirus. Luego tuve que permitir a la computadora que descargara una serie de actualizaciones mientras me instalaba el Mozilla Firefox. Y hasta ahí duró mi experiencia de regreso al mundo de Windows®.
Windows® tiene, como cualquier otro sistema operativo, sus defectos y sus cosas buenas: no soy ningún tipo de linuxero "Anti-microsoft®".
Sin embargo, ¿cómo era posible que, con Windows® recien instalado, tuviera que instalar programas de ofimática, mensajería instantánea, dibujo vectorial, maquetado, compresión y descompresión, etc.? Más aún, me di cuenta de lo molesto que era tener que instalar un programa antivirus y escanear cada dispositivo cada vez que este se conectara a la computadora. Peor aún, no me hacía a la idea de tener que pasar un par de horas bajándome las aplicaciones que, en el caso de haber sido Mandriva, habrían venido en el CD o DVD de instalación, sin necesidad de recurrir a asistentes engorrosos.
Siguiendo en esa misma línea, no entendía tampoco como era posible hacerme a la idea de que (como me sucede en la computadora de escritorio del trabajo) después de 3 o 4 meses tendría que hacer algo para que Windows® volviera a funcionar con la misma fluidez que cuando lo acababa de instalar. En Linux, una instalación puede funcionar por 6 meses, 1 año, 3 años o más, sin necesitar desfragmentación, análisis antivirus, optimización del registro y, por si eso fuera poco, en caso de necesitar por alguna razón reinstalar o actualizar Mandriva esto me tomaría a lo sumo 25 minutos utilizando el DVD (sin necesidad de configuraciones extras, pues para eso se tiene una partición para el /home)
Así que, ante tal perspectiva, tomé una decisión simple: dejé la configuración de Windows® para otro día (o nunca) y reinicié mi ordenador.
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Sentado cómodamente frente a mi computadora, me sentí tan bien al saber que el sistema operativo que utilizo, siempre robusto, confiable, rápido, estable, me daba la bienvenida de nuevo. Esa configuración de la apariencia, los iconos seleccionados exclusivamente por mí, la consola, la gran cantidad de aplicaciones, el centro de control intuitivo, el instalador de paquetes casi por completo automático... en ese momento obtuve la respuesta a mi pregunta: sabía que no volvería a utilizar Windows®, no porque sea malo, sino, simplemente, porque una vez que cruzas la luz, no hay vuelta atras.
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FLISOL 2011
Es una buena observación, gracias por...
Yo agregaria otro punto, hay muchas a...